La campaña en que Costa Rica ignoró su realidad

January 29, 2018

Ya sabemos que nuestro Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) llama a un voto racional, inteligente, bien informado y eso está muy bien como pretensión, pero la cruda realidad nos indica que en esta elección los costarricenses votaremos con los nervios, por decirlo bonito.

En esta campaña se nos rebalsó el río de aguas religiosas por algo que se pensaba era más bien un “estate quieto” a la intromisión del credo en la política: el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos cuya sede nosotros mismos alojamos orgullosos en nuestra capital, y no por casualidad.

Lo que sí fue casualidad fue la emisión del fallo de este tribunal internacional en el peor timing posible: en el corazón de una campaña que refleja como ninguna otra el desplome de importancia que tienen los partidos. A la mayoría nos importan un pepino y da igual si son partidos viejos, nuevos, progres o confesionales, limpios o corruptos. Nótese que Juan Diego Castro podría ganar con un partido al que entró solo para ser candidato, como pudo haber entrado a cualquier otro (incluso al PLN que tanto critica).

Los que verdaderamente nos define ahora con cosas más primarias y por eso el concepto de familia que muchos religiosos sienten amenazados, aunque sean otros los que quieran probar las alternativas. No deja de ser paradójico que los tiempos en que menos nos relacionamos con los vecinos y con lo público sean los tiempos en que más nos afecte lo que hagan otras personas fuera de las paredes de nuestro santo hogar.

Se ve que ante el resquebrajamiento de las columnas de la política, nuestra identidad busca refugio en algo más sólido, sean las paredes de la iglesia católica que sigue ocupando marcando el centro de nuestros pueblos o las de las iglesias evangélicas que brotan en cada esquina desde hace 30 años, algunas en pobres garajes oscuros y otras con hermosas edificaciones bien financiadas. “Si querés decí que estamos volviendo a las cavernas, decilo, porque la verdad es que no hay nada más sólido que una caverna”, me contestaba exasperado un candidato a diputado después de pedirme que no lo grabara más.

Bueno, sería comprensible meternos todos en la guerra santa por la familia si eso fuera el mayor problema del país, pero está muy lejos de serlo y la mayoría de las personas reconocen que no lo es, como muestra la encuesta del CIEP-UCR de enero (esa que explicó el “shock religioso” por el fallo de la Corte y el lanzamiento del candidato Fabricio Alvarado a los cielos).

La encuesta reitera que los ticos tenemos claros nuestros problemas, aunque al momento de votar no nos importe demasiado. El primero es el desempleo, estancado en 9% o 25% entre los jóvenes sin importar si estos son homosexuales o no. El segundo es la seguridad, reflejada en ese récord de asesinatos en 2017 que tan poco “pro vida” es. El tercero es la corrupción, alborotada por escándalo del “cementazo” que pone a prueba al aparato del Estado, sea este confesional o no.

La siguiente angustia nacional es el costo de la vida, porque en el supermercado no vale el “Dios se lo pague”, y la pobreza, estancada en uno de cada cinco costarricenses a quien la frase “Dios proveerá” solo sirve para mantener llena la esperanza, no el plato de hogares con la cantidad de hijos “que Dios quiso darnos”.

En la encuesta también se señala como problema nacional “la gestión del gobierno”, que podemos calificar como deficiente o insatisfactoria sin que importe que Luis Guillermo Solís haya jurado el 8 de mayo de 2014 sobre una Biblia o que ese mismo día el ministro de Turismo haya desfilado junto a su esposo.

Tenemos que bajar hasta la octava casilla de los problemas de Costa Rica para encontrar algo que dice “consideraciones personales y/o valorativas”, relacionada a los valores morales o cristianos que sí han monopolizado la campaña electoral en su recta final.

Increíble pero cierto: nuestro proceso de elecciones está cruzado por un “problema” que ocupa el octavo lugar en importancia. Es, por ejemplo, como hacer un escándalo nacional por la misa que ven cuatro gatos en el canal del Estado.

Es tan increíble como que el noveno puesto de los problemas nacionales lo ocupe la situación fiscal (duplicamos la deuda externa en cinco años, tenemos un déficit mayor a 6% del PIB y el flujo de caja en Hacienda funciona al límite). Tan increíble como que el décimo problema sea la infraestructura (de la que nos quejamos cada día por la mañanita en mitad de la presa). Diay, “vox pópuli, vox Dei”, dice el pópuli.

Mi “yo” católico diría: “Padre, perdónanos porque no sabemos qué hacer con nuestros problemas”.

 

 

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